sábado, 1 de agosto de 2009

Redacción II - Trabajo Práctico Final

El siguiente texto responde al género non-ficcion, un híbrido entre la ficción y lo real. Por ende, esta obra relata un hecho verídico combinando elementos literarios e imaginarios.

Una bicicleta sin dueño, la metáfora de una ausencia

Oscureció. La noche encontró a Fernando todavía sentado en el umbral de una casa en ruinas. Seguía esperando. No perdía la esperanza de que la premonición que lo ahogaba de un momento a otro fuese contradecida.

Después de tres horas dibujando garabatos sobre una raída baldoza, el joven artista mantenía su vigilia en el lugar donde su amigo Cachilo había dejado atada a un árbol su antigua pero bien cuidada bicicleta de estilo inglés.

El paso del tiempo comenzaba a desteñir su lienzo de optimismo, aún no se permitía pensar en el destino que había corrido su compañero de militancia en Villa Fanta, un barrio de emergencia de la zona oeste de Rosario que creció luego de la instalación de la planta embotelladora de Coca Cola.

Lo había conocido hacía poco más de un año en plena labor social. Compartían interminables jornadas y enseguida se cayeron bien. Para fines de 1976 la militancia política se había convertido en una actividad de alto riesgo y el gobierno militar del siniestro trío que integraban Videla, Massera y Agosti, comenzaba a hacer estragos en Argentina. El terror de Estado ya se cobraba a sus primeras víctimas.

La desconfianza y el miedo estaban instalados en estos grupos de jóvenes montoneros. Por seguridad muchos preferían darse a conocer por apodos. Este era el caso de Fernando, en esa época llamado Bicho, y también de Cachilo, de quien el artista nunca supo su verdadero nombre.

Líder por naturaleza, activo, solidario y siempre predispuesto, así era Cachilo. Trabajaba en una fábrica que elaboraba objetos de bronce como placas conmemorativas para colocar en las tumbas y figuras de personajes como Evita y Juan Domingo Perón.

Minutos antes de la medianoche, apesadumbrado y vencido por el cansancio, Fernando dejó su puesto, no sin antes corroborar que la bicicleta de su amigo estaba bien amarrada. Sucumbió al llanto mientras se alejaba de la esquina de Alvear y Rioja, donde había montado su extensa y angustiosa guardia.

Liberó su profunda tristeza, por tanto rato contenida, en medio del absoluto silencio que dominaba las calles aquella madrugada. En ese instante tuvo la certeza de que no volvería a ver al idealista e inquieto Cachilo.

Caminó despacio y sin temor por primera vez en varios meses. El desahogo lo envalentonó haciéndole olvidar los riesgos de andar vagando por la ciudad desierta y con información que lo comprometía escondida dentro de cada una de sus zapatillas.

- Si me quieren detener y llevar, que lo hagan - se repetía a sí mismo cada vez que a lo lejos escuchaba el ruido de un motor.

Sin embargo, en su largo trayecto a casa sólo se cruzó con dos viejos conocidos del club al que asistió en su adolescencia. Ambos acababan de salir de una reunión clandestina. Él mismo solía participar de estos encuentros junto a Cachilo, aunque en las últimas semanas había estado faltando debido a su reasignación a una suerte de "célula logística" donde el grupo montonero imprimía volantes y afiches considerados de tinte subversivo por el gobierno de turno.

Al día siguiente Fernando volvió al sitio en el que había pasado las horas más largas e inciertas que recordaba haber vivido. La bicicleta de Cachilo permanecía atada, intacta, su dueño no había vuelto a buscarla y ya nunca lo haría. Sólo entonces el joven de rasgos angulosos, incipiente barba y cabello oscuro, comprendió lo ocurrido la fatídica tarde del miércoles.

Cachilo pedaleaba a toda prisa por la intersección de Alvear y Zeballos cuando Fernando caminando en sentido contrario al tránsito le sonrió con entusiasmo y alzó la mano para saludarlo. En efecto, hacía varios días que no se cruzaban y tenían pendiente un café. La reacción de su compañero lo desconcertó: le esquivó la mirada tan pronto como pudo y con una expresión de terror en el rostro aceleró la marcha.

- Sabía que lo estaban siguiendo y no me devolvió el saludo para protegerme, para evitar que yo corriera su misma suerte – reflexionó atónito al poner las piezas del rompecabezas en su lugar por primera vez.

Unas cuadras más adelante halló la bicicleta negra que en realidad pertenecía a un tío de Cachilo. Estaba vacía, abandonada, su amigo la había dejado atrás a modo de herencia. A 24 horas de ese suceso Fernando estaba otra vez frente a frente con el legado de su compañero, con su testimonio de dos ruedas.

Sin dudarlo ni un instante se la llevó a la madre de Cachilo, dándole entre lágrimas la noticia de la desaparición de su hijo y demostrándose falsamente confiado en su eventual regreso a casa.

- Nunca pude borrarme de la cabeza la reacción de esa mujer cuando le relaté lo acontecido. Se desgarró el delantal de un tirón y se desplomó sobre una silla como si su cuerpo pesara una tonelada. Un exquisito aroma a bizcochuelo de vainilla perfumaba la habitación y, desolada, me pidió que por favor no la dejara sola con el postre que le acababa de hornear a su único hijo – rememoró un par de décadas más tarde.

Cachilo fue el primero de los veintinueve amigos de Fernando que desaparecieron durante el último gobierno de facto. En sus años de exilio en la provincia de Corrientes, el cerigrafista cultivó su vocación de artista plástico como una vía de catarsis a tantos duelos acumulados.

Veinticinco años después de esa calurosa y húmeda tarde en que esperó en vano que Cachilo volviera por su bicicleta, Fernando dio inicio a una intervención urbana que en cuestión de meses se transformaría en parte del folclore cultural rosarino.

El 24 de marzo de 2001, en un nuevo aniversario del sangriento golpe militar, salió a la calle en plena madrugada cargando al hombro un esténcil y varios aerosoles negros. Los nervios y la ansiedad de aquella noche lo obligaron a detenerse enseguida para empezar a trabajar. Así, en la esquina de la casa donde aún vive pintó una bicicleta vacía de tamaño real junto a un número de serie, el 001/350.

Decenas de anécdotas, aclaraciones y aventuras después, el 13 de abril de 2004, Fernando culminó su gran obra: plasmó la bicicleta 350 en memoria a los 350 desaparecidos que hubo en Rosario durante el proceso militar. La elección del sitio donde pintó esta última no fue azarosa, el artista quiso dedicarla al recuerdo de Cachilo y por eso le dio forma en la esquina de Teniente Agneta y Mendoza, a metros de donde vivían él y su madre un cuarto de siglo atrás.

Muy lejos parecen haber quedado aquellos días en los que estos dos veinteañeros viajaban a bordo de la K conversando sobre la vida, la política, los sueños por cumplir. El cabello ya poblado de canas, los anteojos de aumento y la emoción que se cuela en los ojos y en las palabras de Fernando cada vez que evoca aquel pasado, delatan las huellas que dejó en su espíritu una juventud difícil, llena de despedidas antes de tiempo, de ideales truncos, de injusticias sin consuelo.

- ¿Por qué siempre pintás bicicletas? – le preguntó un niño en una ocasión.

- Porque la bicicleta es uno de los objetos más personales que existen, dicen mucho de sus dueños. Además, no gastan combustible, te mantienen activo, no contaminan el medio ambiente y te permiten andar por cualquier parte sin problemas. En la década del ’70 arriba de una bici te sentías seguro, podías escabullirte enseguida gracias a ella- le respondió.

Tras un suspiro, visiblemente conmovido, agregó: - Si tan solo Cachilo hubiese seguido pedaleando en lugar de continuar su huída a pie…

Su obra todavía vigente en las calles de Rosario es un antídoto para el olvido y un homenaje a los caídos. La irrupción de las solitarias bicicletas en las paredes de la ciudad fue un absoluto misterio en una primera etapa. Tímido y sin aspiraciones de reconocimiento alguno, Fernando se refugió en el anonimato hasta el asesinato del militante social Claudio “Pocho” Lepratti en la represión policial del trágico 19 de diciembre de 2001.

De boca en boca corrió la voz de que esta intervención callejera era en memoria al joven muerto por las balas de un negligente uniformado. Entonces, el artista rompió el silencio y explicó en quiénes estaba inspirada su labor.

-No me molesta la asociación con Pocho, su hermana Celeste me dijo una vez que nosotros dos estábamos hechos de la misma madera, por nuestra vocación común a la lucha por la igualdad social. Pero me vi obligado a aclarar el por qué de esas bicicletas, a revelar su verdadero significado y a hacerme cargo de que esa fue la mejor manera que encontré para liberar una parte de la mochila que llevo a cuestas - repite ante cada nueva inquisitoria periodística.

Una bicicleta, un objeto que desde pequeños emparentamos a la libertad. Una bicicleta sin dueño, la metáfora de una ausencia. Las historias de 350 desaparecidos ganaron las calles rosarinas en una muestra de que el arte es mucho más que algo estéticamente bonito. Encierra significado, experiencias y sentimientos. El paisaje urbano ha cambiado: basta descubrir una de las bicicletas de Fernando para preguntarse ¿de quién habrá sido?, ¿por qué la dejó allí?, ¿cuándo volverá a buscarla?.


Redacción II - Trabajo Práctico Final


* Adjunto informe requerido al correo electrónico de la docente...


Material informativo y audiovisual de referencia


* http://www.00350.com.ar/



* Trailer del documental "Trescientoscincuenta",
del realizador audiovisual Diego Fidaldo.




Para ver el documental completo, visite www.vimeo.com/5817095